Sobre por qué somos, literalmente, agua de mar, qué significa eso para nuestra relación con el océano y cómo una red como SILMAR pone en valor lo que no se ve desde la superficie
Hay una imagen que cualquier persona que bucea conoce y que cuesta describir. Es el momento en el que, después de las primeras brazadas hacia abajo, te das cuenta de que no estás visitando otro mundo: estás volviendo al tuyo. Las orejas se igualan, la respiración se ralentiza, la piel reconoce algo conocido, el cuerpo flota como si llevara siglos esperando hacerlo. Esa sensación —tan común entre buzos que casi no se habla de ella— tiene una explicación biológica concreta y bastante hermosa: nuestro cuerpo está formado en un 78 % de agua, y nuestro plasma sanguíneo tiene un porcentaje de sales muy parecido al del agua de mar. Cuando nos sumergimos, lo que ocurre no es un viaje a un entorno extraño; es un reencuentro con un origen que llevamos dentro.
Esta es una de las ideas centrales del trabajo «Mares y océanos, valores más allá del azul», firmado por Miquel Ventura Monsó —ecólogo marino, divulgador científico, fotógrafo y director de proyectos de la Fundació Pro RAED— en los Reptes Vitals 2021. Es un texto que en Silmar releemos con frecuencia, porque articula con claridad algo que cuesta poner en palabras: que el valor del océano no se puede medir solo en azules y en metros cúbicos. Hay capas de valor —biológicas, culturales, espirituales, económicas, evolutivas— que conviene tener presentes cuando hablamos de conservación marina, porque sin ellas el debate se queda corto.
Planeta agua: la vida vino de aquí
La ciencia evolutiva sostiene que la vida se originó en el mar hace miles de millones de años, probablemente en los húmedos volcanes sumergidos a cientos de metros de profundidad, en condiciones de presión y temperatura que recuerdan a las que se pueden encontrar hoy en otras partes del cosmos. La Tierra es, en términos cósmicos, un planeta azul porque es agua antes que cualquier otra cosa. Y la vida, antes de salir a la superficie, fue marina durante un periodo abrumadoramente largo.
Esa procedencia no es un detalle simbólico. Es una realidad fisiológica que sigue marcando nuestra biología. Por eso, cuando hablamos del mar, no estamos hablando solo de un recurso, ni siquiera solo de un ecosistema: estamos hablando del lugar del que venimos, en términos evolutivos profundos. Esa filiación tiene consecuencias éticas: cuidar el mar no es solo cuidar «el entorno»; es cuidar al ascendiente común de todo lo que respira en este planeta.
Noventa mil años cerca de la orilla
Las relaciones entre los seres humanos y el mar son tan antiguas como la propia humanidad fuera de África. Hace 90.000 años, en la costa norte de la actual Argelia, pequeñas poblaciones humanas ya prosperaban gracias al mar y empezaban a transformar su entorno para sobrevivir. Desde los nagadas pre-egipcios, los fenicios, los griegos, los persas, los romanos, todas las civilizaciones que crecieron en la cuenca mediterránea utilizaron el mar para obtener sal, algas, proteínas, utensilios, medicinas, recursos para comerciar. La navegación entre las costas es el origen del comercio largo y, con él, de la propia globalización.
El Mediterráneo, cuna de las civilizaciones occidentales y lugar de nacimiento de las tres religiones monoteístas más influyentes del mundo, es por tanto algo más que un mar interior bonito: es un laboratorio cultural donde durante milenios se ha negociado la relación entre el ser humano y el entorno marino. Es importante recordarlo, porque lo que decidamos hoy sobre este mar no es solo una decisión ecológica: es también una decisión cultural y civilizatoria.
La huella humana en una cuenca pequeña
Hoy el paisaje litoral de la cuenca mediterránea está profundamente transformado. Si recorriéramos sus aproximadamente 46.000 kilómetros de costa, prácticamente no encontraríamos un solo tramo libre de presencia humana: ciudades, puertos, carreteras, urbanizaciones, polígonos industriales, refinerías, hoteles, complejos turísticos, paseos marítimos, caminos de ronda, antiguos pueblos pesqueros convertidos en polos de atracción.
La Organización Mundial del Turismo calculaba que el Mediterráneo recibiría unos 420 millones de turistas en 2019, una cifra que lo mantiene como principal área turística del mundo. A eso hay que sumarle 560 millones de personas residentes. El resultado es una huella ecológica media de 3,5 hectáreas por persona y año. Para una cuenca de este tamaño, el balance es sencillamente insostenible sin una transformación profunda de la relación con el litoral.
A escala global la situación no es mejor: el 65 % de la población mundial vive a menos de 100 kilómetros de la costa de algún mar u océano. Y la tendencia, según Naciones Unidas, va a seguir creciendo. Esto define el escenario en el que cualquier proyecto de conservación marina tiene que operar: una presión humana enorme, creciente y concentrada precisamente sobre las franjas más sensibles del planeta azul.
Lo que se ve y lo que no se ve
Trabajar con un proyecto como Silmar nos enseña algo muy concreto: la mayor parte del valor del mar no es visible desde la superficie. Los grandes titulares se llevan los cetáceos, las tortugas, los grandes pelágicos. Las grandes inversiones en conservación se concentran en zonas emblemáticas o en imágenes que funcionan en redes sociales. Pero las funciones ecológicas más críticas —la fotosíntesis de las microalgas, la filtración de las esponjas, el reciclaje de nutrientes que hacen bacterias y hongos microscópicos, la cementación calcárea de algas que sostienen el coralígeno— son rigurosamente invisibles para quien no se sumerge a mirar con atención.
Esta invisibilidad tiene consecuencias políticas. Lo que no se ve no se cuenta, lo que no se cuenta no se protege, y lo que no se protege se pierde. Por eso uno de los servicios menos espectaculares y más importantes que ofrece una red como Silmar es dar visibilidad a lo que no se ve: documentar especies discretas, registrar pequeños cambios, generar series temporales que permiten a las administraciones y a las comunidades costeras tomar decisiones informadas sobre algo que, sin la red, sería invisible.
Cinco parámetros y mucho respeto
El texto de referencia recoge una idea técnica que en Silmar usamos a menudo cuando explicamos nuestro trabajo: los ecosistemas marinos se rigen básicamente por cinco parámetros físicos: salinidad, gradiente de luz, humectación, temperatura y presión hidrostática. Esos cinco factores explican buena parte de la distribución de hábitats y especies. Pero, como recuerda el propio texto, «más allá del trabajo profesional como científico y observador de la naturaleza sumergida, existen otros factores de importancia que surgen del continuo contacto con el mar»: la admiración por su belleza y el respeto por su inconmensurable sabiduría y equilibrio.
Esta combinación —ciencia y respeto, datos y veneración, método y humildad— es probablemente la actitud más útil para entender el mar hoy. La ciencia por sí sola corre el riesgo de reducir el océano a parámetros. La emoción por sí sola corre el riesgo de quedarse en la postal. Juntas, en cambio, generan la mirada que el mar necesita en la era del Antropoceno.
El mar como respuesta a algunos de los grandes desafíos
Otra de las ideas centrales del trabajo es que mirar al océano no es solo una obligación ética: es también una oportunidad técnica y económica. La transición ecológica que la humanidad necesita para no agotar los recursos del planeta pasa, en buena medida, por aprovechar de manera responsable lo que el mar puede ofrecer: alimento sostenible, energía renovable, biotecnologías marinas, conocimiento aplicable a salud y bienestar, capacidad de regulación climática.
Pero todas estas oportunidades dependen de una condición previa: mantener los ecosistemas marinos en un estado lo bastante bueno como para que puedan seguir prestando esos servicios. Una economía azul construida sobre un mar agotado es una contradicción en los términos. No se puede prosperar a costa de una base ecológica que se está hundiendo. Por eso la observación marina, la conservación activa y la regeneración de hábitats no son lujos ambientales: son infraestructuras económicas básicas que conviene cuidar con la misma seriedad con la que cuidamos puertos, carreteras o redes eléctricas.
El conocimiento como cuidado
El texto cierra con una idea muy bella sobre cómo se construye el conocimiento marino: a partir de miles de inmersiones, del contacto continuo con el agua, de las conversaciones con pescadores y comunidades costeras —el autor cita a un tal Juan, «un hombre bueno que vivía en una pequeña barraca frente al mar»—. El conocimiento del océano no se hace solo en laboratorios; se hace en la frontera entre la ciencia académica, la observación de campo y la sabiduría local.
Eso es exactamente el modelo Silmar. Nuestras estaciones no son puntos de muestreo aislados de su entorno: son lugares donde se cruzan los datos científicos, la experiencia de los buzos del territorio, el conocimiento de los pescadores que conocen cada roca y la voluntad institucional de quienes asumen los permisos y la responsabilidad de proteger. Cuando este cruce ocurre, la conservación deja de ser una idea abstracta y se convierte en una práctica cotidiana.
Por eso seguimos sumergiéndonos, aunque cada inmersión sea, en realidad, un acto de gratitud silenciosa hacia el lugar del que venimos. Y por eso defendemos que el mar tiene valores más allá del azul: porque mientras existan personas dispuestas a documentarlos, esos valores se pueden defender. Y mientras esos valores se defiendan, la Mediterránea seguirá siendo el laboratorio de resiliencia y el patrimonio civilizatorio que ha sido durante milenios.
Texto inspirado en «Mares y océanos, valores más allá del azul», de Miquel Ventura Monsó, publicado en los Reptes Vitals 2021 de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors.