Una mirada al primer Informe Global Silmar y al recorrido que llevó al proyecto de una intuición en la Costa Brava a una red activa del litoral catalán y balear
Hay un documento que en Silmar consultamos a menudo y que nos sigue pareciendo importante traer cada cierto tiempo a primera línea: el Informe Global Silmar (IGS) 2015, con el Plan de Acción 2016. Lo redactamos cuando la red llevaba seis o siete años funcionando y ya teníamos suficiente recorrido como para mirar atrás con criterio. Lo recordamos hoy porque, mirado con perspectiva, ese informe explica de dónde venimos y, sobre todo, por qué nos pareció imprescindible montar una red de observación marina cuando muchos nos preguntaban si valía la pena tanto esfuerzo.
Una decisión muy concreta tomada en 2008
Silmar nació en 2008, dentro de la entonces Fundación Mar —hoy integrada en la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors— con una decisión muy concreta: instalar 6 estaciones de control en la Costa Brava. Ni más ni menos. Aquellas seis estaciones tenían un objetivo aparentemente modesto: caracterizar de forma permanente el estado ecológico y medioambiental del medio marino litoral mediante un protocolo común que permitiera comparar los datos en el tiempo y entre puntos.
La hipótesis de partida era sencilla y, vista hoy, bastante poco discutible: sin un seguimiento permanente del entorno marino costero no se puede conocer su tendencia real al cambio, y sin esa información tampoco se pueden establecer acciones y medidas correctoras adecuadas. Lo que en 2008 sonaba a obviedad académica era, en realidad, una crítica directa al modelo dominante: actuaciones puntuales sin línea base, planes de conservación sin datos de seguimiento, decisiones políticas sin información ecológica continuada.
Aquellas seis primeras estaciones eran, en cierto modo, una declaración: si la Administración no estaba haciendo este trabajo con la frecuencia y la continuidad necesarias, una organización de la sociedad civil podía, al menos, abrir el camino y demostrar que era viable.
De 6 a 21: el crecimiento natural de una red
Cuando publicamos el Informe Global Silmar de 2015, la red había crecido de 6 a 21 estaciones repartidas por el litoral catalán y balear. Ese crecimiento no respondió a un plan estratégico previo: respondió a algo mucho más interesante. Allí donde hubo un agente local interesado en sumarse —un centro de buceo, una administración municipal, un grupo de buzos científicos, una entidad ambiental—, la red supo encontrar la manera de instalar una nueva estación.
Esto convirtió a Silmar en una red no jerárquica, distribuida y colaborativa, donde cada estación es a la vez un punto de seguimiento científico, un nodo territorial y un proyecto de comunidad. La identificación de cada estación con un territorio concreto fue —y sigue siendo— uno de los activos más valiosos del proyecto. No es lo mismo «una estación de Silmar» que «la estación de Sa Conca», «la del Mar Bella» o «la de La Cima»: detrás de cada nombre hay una historia local, unos buzos comprometidos, una administración cómplice y unas comunidades que han hecho suyo el seguimiento.
El método: CARLIT, bioindicadores y peces
El IGS 2015 dedica buena parte de sus páginas a explicar cómo trabajamos, y conviene recordarlo porque la metodología sigue siendo, en lo fundamental, la misma que aplicamos hoy. El seguimiento Silmar se organiza en dos grandes bloques.
El primero es el seguimiento del medio litoral rocoso, mediante el método CARLIT (Cartografía de las Comunidades Litorales). Es una técnica europea, probada y comparable, que permite caracterizar el estado ecológico de las franjas rocosas más superficiales —la zona infralitoral y mediolitoral— a partir de las comunidades de algas y pequeños organismos que las habitan. Su gran valor es que ofrece una valoración estandarizada del estado ecológico, compatible con los criterios de la Directiva Marco del Agua europea.
El segundo es el seguimiento de los fondos marinos costeros, mediante un análisis ecológico y de impactos sobre transectos previamente seleccionados. En cada transecto describimos la geomorfología, las comunidades presentes y, sobre todo, hacemos control de especies bioindicadoras e inventarios de peces. La superficie típica de un transecto es de unos 500 m², y a partir del segundo año disponemos de información suficiente para caracterizar la zona y empezar a leer su evolución.
Bioindicadores: los organismos que nos hablan del agua
Una parte esencial del método Silmar consiste en utilizar especies bioindicadoras, es decir, organismos que se ven especialmente influidos por las condiciones físicas, químicas y ecológicas de su entorno. Si son abundantes, fácilmente identificables, poco móviles y sensibles a cambios concretos, son ideales para informarnos del estado del fondo en el que viven.
En las estaciones Silmar utilizamos, entre otros:
- Algas: Cystoseira spp., Lithophyllum byssoides, Ulva spp. y cianofíceas.
- Fanerógamas marinas: Posidonia oceanica y Cymodocea nodosa.
- Esponjas: Axinella damicornis, Agelas oroides, Dysidea avara, Petrosia ficiformis.
- Cnidarios: Cladocora caespitosa, Corallium rubrum, Eunicella singularis, Eunicella cavolini, Leptogorgia sarmentosa, Leptopsammia pruvoti, Paramuricea clavata.
- Moluscos: Pinna nobilis.
- Ascidias: Aplidium conicum, Halocynthia papillosa, entre otras.
- Peces: Epinephelus marginatus (mero), Sciaena umbra (corbina oscura).
Cada uno de estos organismos nos cuenta algo distinto. Cystoseira y Lithophyllum nos hablan de la calidad ecológica de la franja superficial. Posidonia nos habla de la calidad del agua y de la presión por fondeo. Las gorgonias —especialmente Eunicella singularis y Paramuricea clavata— nos hablan de las olas de calor marinas y del estrés térmico. Pinna nobilis nos habla de la enfermedad masiva que la ha llevado al borde de la extinción en buena parte del Mediterráneo. Y los peces de gran tamaño, como el mero y la corbina, nos hablan del éxito —o fracaso— de las medidas de protección.
Lo que vimos en aquel primer informe global
Las conclusiones del IGS 2015 no eran alentadoras. Detectamos una clara disminución de especies bioindicadoras en las zonas marinas cercanas al área metropolitana de Barcelona, comparada con las costas de Girona y Tarragona. Documentamos que no existía una estrategia clara de gestión y conservación activa del medio marino por parte de las administraciones, que la biodiversidad marina catalana estaba en regresión y que la inversión en conservación marina seguía siendo muy insuficiente para la magnitud de los impactos que estábamos midiendo.
Pero el informe también mostraba algo más esperanzador: que una red como Silmar puede funcionar, mantenerse en el tiempo y producir información útil si se sostiene la colaboración entre voluntariado, centros de buceo, empresas patrocinadoras, administraciones locales y la entidad coordinadora. El IGS dedicaba todo un capítulo a recordar a las empresas, entidades públicas y centros y clubes de inmersión colaboradores, porque sin ese tejido la red sencillamente no existe.
Por qué este informe sigue siendo importante hoy
Una década después de aquel IGS, muchas de las conclusiones siguen vigentes —algunas, lamentablemente, agravadas—. Las olas de calor marinas se han vuelto más frecuentes y más intensas. Las gorgonias han sufrido episodios masivos de mortalidad. Pinna nobilis ha colapsado en gran parte de su área de distribución. La presión turística sobre el litoral no ha cesado. Y la inversión pública en conservación marina sigue siendo desproporcionadamente baja respecto al valor económico que generan los ecosistemas litorales.
Pero también ha pasado otra cosa: el modelo Silmar ha demostrado que es replicable y que cada vez más actores territoriales —administraciones, asociaciones, centros de buceo, proyectos europeos como CARECOAST-MED— buscan precisamente este tipo de red de observación distribuida para tomar decisiones informadas. La intuición de 2008 —que sin seguimiento permanente no hay conservación seria— se ha convertido en consenso técnico.
Por eso seguimos volviendo a aquel primer Informe Global. No por nostalgia, sino por método. Allí están las decisiones que dieron forma al proyecto y los principios que siguen guiándonos cuando, una semana cualquiera, bajamos a una estación a comprobar si las gorgonias resisten un verano más.
Texto basado en el Informe Global Silmar (IGS) 2015 — Costa Catalana, con Plan de Acción 2016, publicado por la entonces Fundación Mar, hoy integrada en la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors. Texto original firmado por Miquel Ventura Monsó, director del proyecto Silmar.