Sobre la cuenca más singular del mundo, los impactos que la están transformando y el papel que una red de observación marina puede tener en una respuesta colectiva
Cuando hablamos de la Mediterránea solemos hacerlo desde lo familiar: la luz, la cocina, las playas, el clima, la cultura compartida entre las orillas. Y todo eso es verdad. Pero en Silmar nos hemos acostumbrado a mirarla también desde otro lugar: desde abajo. Desde el agua. Y desde ahí, la Mediterránea se reconoce como lo que en realidad es: una región única en términos geológicos, biológicos y culturales, sometida a una crisis ecosocial que afecta a su integridad ecológica, a sus economías y a su forma de vida. Lo recoge con detalle un trabajo reciente de Miquel Ventura Monsó, director de proyectos de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors, dedicado a la resiliencia del Mediterráneo frente a esa crisis. Lo que sigue es nuestra lectura desde el agua de algunas de sus ideas centrales.
Un mar con historia geológica propia
El Mediterráneo no es un escenario inerte. Su forma actual es el resultado de procesos geológicos colosales que se remontan a la fragmentación de Pangea, a la colisión entre las placas euroasiática y africana y al cierre temporal de la cuenca que provocó la llamada crisis de salinidad del Messiniense, hace casi seis millones de años. Durante un periodo breve en términos geológicos, la cuenca llegó a secarse casi por completo, hasta que la reapertura del estrecho de Gibraltar permitió que el Atlántico volviera a entrar y redibujara el mar tal como lo conocemos hoy. Es importante recordarlo: el Mediterráneo es un mar rehecho, un mar que ya conoce las grandes transformaciones.
Esta historia geológica explica buena parte de sus características actuales: es el mar interior más grande del mundo, microtidal, con un comportamiento de estuario negativo —pierde más agua por evaporación de la que recibe— y con dos cuencas profundas, la occidental fuertemente influida por el Atlántico a través de Gibraltar y la oriental marcada por la conexión artificial con el mar Rojo desde la apertura del canal de Suez en 1869. Esa apertura es, por cierto, la puerta de entrada de buena parte de las especies foráneas que hoy llamamos lessepsianas y que tanto nos preocupan en nuestras estaciones.
Un punto caliente de biodiversidad bajo presión
Lo más extraordinario del Mediterráneo no es su geografía: es lo que vive en él. La cuenca alberga unas 25.000 especies, de las cuales aproximadamente el 60 % son exclusivas de la región. Es decir: en términos de endemismos, no hay muchos lugares en el planeta que se le puedan comparar. Esta riqueza es producto de una larga historia evolutiva, de un «efecto mosaico» en el paisaje, de la diversidad topográfica y oceanográfica y de millones de años de especiación en islas, montañas aisladas y costas recónditas.
El problema es que toda esa biodiversidad está sometida hoy a una presión sin precedentes. Urbanización costera intensiva, desarrollo turístico que en muchas zonas ha rebasado cualquier umbral de sostenibilidad, contaminación química y orgánica, sobrepesca, fragmentación de los ecosistemas, calentamiento global derivado de la quema de combustibles fósiles, conflictos bélicos en las orillas sur y este de la cuenca, pobreza estructural. Lo que el trabajo de Miquel Ventura describe como crisis ecosocial no es una metáfora: es la suma efectiva de procesos ecológicos y sociales que se retroalimentan y que están degradando, a la vez, los ecosistemas y las sociedades que dependen de ellos.
Capital natural: la economía que olvidamos contar
Hay una idea que en Silmar repetimos a menudo y que el texto de referencia formula con claridad: la economía de los países mediterráneos está intrínsecamente ligada al capital natural de la cuenca. La pesca, el turismo, la agricultura, el agua dulce, la calidad del aire, la regulación climática regional, la salud humana: todo depende de los llamados servicios ecosistémicos. Cuando dejamos morir un fondo de Posidonia, no estamos perdiendo solo una planta marina; estamos perdiendo viveros pesqueros, protección costera frente a temporales, sumideros de carbono y atractivo turístico.
Esto tiene una implicación incómoda: cuando una administración invierte en conservación marina, no está «gastando» recursos públicos; está manteniendo el sistema productivo del que depende su economía. Y cuando una administración no invierte, lo que ocurre no es ahorro, sino una factura ecológica diferida que termina pagando alguien —normalmente las generaciones siguientes y las comunidades costeras más vulnerables—.
Es importante decirlo, porque esta lógica explica también algunos de los conflictos más graves de la región. La escasez de agua, la disputa por los recursos naturales y el deterioro ambiental están detrás de buena parte de los conflictos políticos y sociales de la cuenca. La Mediterránea no es solo un mar: es un sistema en el que ecología, economía y política están entrelazadas, y en el que cualquier respuesta seria tiene que asumir esa complejidad.
Por qué la respuesta tiene que ser colectiva
Una de las conclusiones más rotundas del análisis es que la crisis ecosocial mediterránea no se resuelve desde un solo actor. No basta con la acción de los gobiernos. No basta con la presión de la sociedad civil. No basta con la innovación empresarial. No basta con la ciencia. Hace falta una respuesta concertada y urgente en la que gobiernos, organizaciones internacionales, sociedad civil, empresas, comunidades costeras y ciudadanía actúen en la misma dirección.
Esto, traducido a lo cotidiano, significa varias cosas: implementar de verdad la legislación europea y nacional ya existente —que muchas veces es razonable y sencillamente no se aplica—; reforzar la inversión pública en conservación marina; integrar los principios del decrecimiento sostenible y del bien común en la planificación litoral; promover una gestión adaptativa que permita corregir decisiones a medida que se generan datos; y, sobre todo, mantener viva la observación científica que permite saber qué pasa antes de que sea irreversible.
Aquí es donde Silmar entiende que tiene un papel concreto que jugar.
Silmar como contribución a la resiliencia
Nuestra red de estaciones submarinas no resuelve la crisis ecosocial mediterránea —ningún proyecto, por sí solo, podría hacerlo—. Pero aporta una pieza imprescindible: información ecológica continuada, comparable y verificable sobre el estado real del litoral. Sin ese tipo de información, la gestión adaptativa de la que habla el trabajo de referencia no puede existir, porque no hay manera de adaptar la gestión a algo que no se está midiendo.
Cada estación Silmar funciona como un punto de detección temprana de procesos que después se vuelven generales: pérdida de comunidades estructurales, expansión de especies invasoras, episodios de mortalidad masiva ligados a olas de calor, acumulación de contaminantes o residuos. Y cada serie temporal nos permite distinguir lo que es ruido de lo que es señal, lo que es ciclo natural de lo que es deterioro estructural, lo que se puede recuperar pasivamente de lo que necesita intervención activa.
A esta función científica le sumamos otra cada vez más importante: la de traductora entre mundos. Entre la comunidad científica y las administraciones; entre las administraciones y las comunidades costeras; entre las comunidades y la ciudadanía. Una red como Silmar, sostenida por equipos profesionales y por una base de voluntariado, es un lugar natural para que esas conversaciones ocurran de manera ordenada y con datos sobre la mesa.
Resiliencia, no resignación
Si algo nos queda claro después de leer este trabajo y de seguir bajando al fondo cada semana es que la Mediterránea no está sentenciada, pero tampoco puede permitirse más indecisión. La idea de resiliencia —la capacidad de un sistema para absorber un cambio sin colapsar y reorganizarse después— es probablemente el mejor marco conceptual para pensar lo que nos jugamos en los próximos años en esta cuenca. La pregunta no es si la Mediterránea va a seguir cambiando; va a seguir cambiando. La pregunta es si va a hacerlo manteniendo su biodiversidad, sus economías costeras y su tejido social, o degradándolos de manera irreversible.
La diferencia entre uno y otro escenario no depende solo del clima global —que también—. Depende de lo que decidamos hacer aquí, en cada cala, en cada puerto, en cada municipio costero, en cada estación de seguimiento. Depende de si conseguimos articular esa respuesta colectiva de la que habla el trabajo de referencia o si seguimos confiando en que el problema se resuelva solo.
Silmar es una apuesta concreta por la primera opción. Y un agradecimiento expreso, una vez más, al trabajo divulgativo de Miquel Ventura y de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors, que pone palabras académicas a lo que cada inmersión nos confirma: la Mediterránea es un patrimonio que se puede salvar si nos comprometemos a hacerlo juntos.
Texto inspirado en el trabajo «Crisis ecosocial frente a la resiliencia del Mediterráneo. Retos y oportunidades en un futuro incierto», de Miquel Ventura Monsó, capítulo de los Reptes Vitals 2024 de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors.