Sobre el valor real de la biodiversidad marina, la lección olvidada de Lynn Margulis y por qué documentar lo que ocurre bajo el agua es una forma concreta de honrar esa herencia
Cuando bajamos a una estación Silmar y nos quedamos quietos unos minutos en el fondo, ocurre algo que cuesta describir a quien no lo ha experimentado. Lo que parecía un decorado se convierte en un sistema vivo, denso, interconectado: pequeños cnidarios extendiendo tentáculos, esponjas filtrando, algas balanceándose con la corriente, peces buscando refugio, microalgas que el ojo no ve pero que están produciendo el oxígeno que después respiraremos en la superficie. Lo que hay ahí abajo no es un escenario; es una red de cooperación de 3.500 millones de años. Y conviene recordarlo de vez en cuando, porque es exactamente lo que está en juego cuando hablamos de biodiversidad.
En esta línea, queremos compartir nuestra lectura de un texto que en Silmar consideramos especialmente significativo: «Biodiversidad: legado vital a la humanidad», firmado por Miquel Ventura Monsó —biólogo marino, MBA y director de proyectos de la Fundació Pro RAED—. Es uno de los trabajos que mejor articula por qué la pérdida de biodiversidad y el cambio climático son los dos retos más críticos a los que se enfrenta hoy nuestra civilización, y por qué la respuesta tiene que combinar conocimiento, técnica y responsabilidad social compartida.
La vida como red, no como pirámide
La cultura occidental nos ha enseñado durante siglos a entender la naturaleza como una pirámide: el ser humano arriba, el resto debajo, y la evolución como una sucesión de competencias en las que solo el más fuerte sobrevive. El texto de referencia recuerda algo que la ciencia evolutiva más reciente —desde Lynn Margulis (1938–2011) hasta hoy— ha demostrado de manera contundente: la vida en la Tierra no se entiende sin la cooperación entre organismos.
Las mitocondrias que respiran oxígeno dentro de nuestras células provienen de antiguas proteobacterias. Los cloroplastos que permiten la fotosíntesis en plantas y algas son, en su origen, cianobacterias fotosintéticas de vida libre que en algún momento entraron en otras células y se quedaron. La base de las células nucleadas deriva de las arqueobacterias. Somos, literalmente, comunidades de organismos que hace miles de millones de años decidieron cooperar. Y la Tierra entera funciona así: el éxito de la vida en este planeta no es la victoria de los más fuertes, es la victoria de los que mejor han sabido convivir, especializarse y reciprocar.
Esto, que parece una idea de manual, tiene una consecuencia muy directa en cómo entendemos los fondos marinos. Cada gorgonia es un consorcio de organismos. Cada coral es una alianza entre el animal y las algas que lo habitan. Cada metro cuadrado de Posidonia es un edificio biológico donde decenas de especies cumplen funciones distintas. Cuando perdemos una especie no perdemos un nombre en una lista: perdemos un fragmento de cooperación que llevaba millones de años funcionando.
Nueve millones de especies, dos terceras partes desconocidas
La biodiversidad actual del planeta es colosal: se calcula que existen más de nueve millones de especies, de las cuales conocemos por nombre apenas un 5 %. Es decir: el 95 % de los seres vivos con los que compartimos el planeta no tienen aún ni siquiera ficha taxonómica. Y, sin embargo, dependemos de todos ellos para que funcionen los ciclos biogeoquímicos que mantienen el aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos con los que nos alimentamos.
La fotosíntesis de las microalgas marinas y de los biomas de agua dulce genera el 75 % del oxígeno de la atmósfera terrestre. Que se diga otra vez, porque conviene: cada tres de cada cuatro respiraciones que damos las debemos a organismos microscópicos que viven en cuerpos de agua. Esto debería ser titular permanente en cualquier conversación sobre conservación marina, y casi nunca lo es.
Otros procesos críticos —el ciclo del nitrógeno, la descomposición de la materia orgánica, el reciclaje de nutrientes en el fondo— no serían posibles sin bacterias y hongos microscópicos cuya inmensa diversidad genética solo empezamos a apreciar gracias a las técnicas de genética molecular. Bajo el agua, lo más importante suele ser lo más invisible.
El valor de la biodiversidad: mucho más que el mercado
Una de las ideas centrales del trabajo de referencia es que el valor de la biodiversidad no se puede capturar en una sola dimensión. Hay un valor de mercado —pesca, turismo, productos farmacéuticos, materiales—. Hay un valor no material —cultural, espiritual, estético, identitario—. Y hay un valor ecológico —el papel que cada especie juega en la estructura y función de los ecosistemas— que ninguna métrica económica clásica sabe traducir.
Cuando una administración decide cuánto invertir en proteger una zona marina, habitualmente solo cuenta con el primero. Pero lo que está realmente en juego incluye los otros dos. Y eso lo cambia todo. Una pradera de Posidonia oceanica no vale solo por los peces que produce: vale también por la cultura mediterránea que ha crecido alrededor de ella, por su función reguladora climática, por su papel como sumidero de carbono y por su capacidad de proteger la línea de costa frente a temporales. Si solo contamos el valor pesquero, la decimos perder con tranquilidad. Si contamos todos los valores, la decimos defender con todo lo que tenemos.
Esta es una de las razones por las que en Silmar insistimos tanto en documentar especies, hábitats y comunidades enteras, no solo aquellas con interés comercial directo. Una esponja de pared, un briozoo, un alga calcárea no tendrán precio en una lonja, pero su presencia o ausencia nos dice cosas fundamentales sobre la salud del ecosistema. Y un sistema que pierde sus especies invisibles termina perdiendo también las visibles.
La lección de Rachel Carson, sesenta años después
El texto recoge una cita que en Silmar releemos cada cierto tiempo. Pertenece a Rachel Carson (1907–1964), bióloga marina, y aparece en Primavera silenciosa, publicada en 1962:
«Cierre los ojos e imagínese una mañana en mitad del campo, lejos de la carretera. No oye nada, ni el zumbido de las abejas, ni el cantar de los grillos, el piar de los pájaros… Nada. Una primavera sin voces.»
Carson hablaba del uso indiscriminado de pesticidas como el DDT. Hablaba de cómo los compuestos químicos persistentes se acumulan en los tejidos grasos, suben por la cadena trófica y, sin que nadie los vea, silencian la naturaleza. Lo escribió hace más de sesenta años. Hoy podemos sustituir «DDT» por microplásticos, metales pesados, perfluorados, contaminantes emergentes y la frase sigue funcionando casi sin retoques.
Una de las razones por las que en Silmar trabajamos con esponjas como bioindicadoras es precisamente esta: porque son filtradoras, acumulan en su cuerpo lo que pasa por el agua y nos permiten detectar la primavera silenciosa antes de que llegue. Es el método más directo que hemos encontrado para honrar la advertencia de Carson en clave mediterránea.
Treinta segundos para decidir
El texto recoge otra imagen que vale la pena traer. Si comprimimos la historia de la vida del planeta en un año, la aparición del ser humano ocupa los últimos 30 segundos del último día del año. Treinta segundos en los que esta especie ha logrado modificar la atmósfera, alterar el clima global, contaminar todos los océanos y poner en riesgo de extinción a una fracción significativa de las especies con las que ha convivido.
Esto se dice a menudo en clave catastrófica, pero también puede leerse al revés: somos la única especie de toda la historia evolutiva que sabe, en tiempo real, lo que está haciendo y puede decidir corregirlo. Esa capacidad de leer la realidad, medirla y reaccionar a tiempo no es un detalle menor: es, probablemente, la palanca evolutiva más importante del Antropoceno. Y es exactamente la palanca que se activa cuando se sostiene una red como Silmar, cuando se publica un boletín como el último, cuando una administración decide actuar a partir de los datos y cuando una comunidad costera se incorpora a una jornada de monitoreo o de limpieza.
Silmar como gesto de gratitud
Para nosotros, una red de estaciones de seguimiento marino es, en última instancia, una forma operativa de agradecer. Agradecer 3.500 millones de años de cooperación entre seres vivos que han hecho posible que hoy pueda existir un mar Mediterráneo en el que sumergirse. Agradecer a Lynn Margulis, a Rachel Carson y a todas las personas que nos enseñaron a ver la red en lugar de la pirámide. Agradecer a las comunidades costeras que han sostenido durante generaciones una cultura del mar. Y agradecer al equipo, a los buzos voluntarios, a los centros colaboradores y a las asociaciones como Ocean 4 You que dinamizan y mantienen vivas nuestras estaciones, porque sin ellos no podríamos ofrecer este servicio.
Documentar, medir, compartir. Y, sobre todo, no dejar que la primavera se silencie bajo el agua sin haber hecho todo lo posible por evitarlo.
Texto inspirado en «Biodiversidad: legado vital a la humanidad», de Miquel Ventura Monsó, publicado en los Reptes Vitals 2022 de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors.