Lo que vemos cada vez que nos sumergimos en las estaciones Silmar y por qué cada inmersión cuenta más que la anterior

Cuando bajamos a las estaciones de seguimiento Silmar a lo largo de la costa catalana y balear, lo primero que comprobamos no son números: son ausencias. Espacios que hace dos o tres años estaban tapizados de gorgonias y que hoy son paredes desnudas. Praderas de Posidonia oceanica que retroceden centímetro a centímetro. Algas invasoras que se instalan donde antes no estaban. La Mediterránea no se está degradando despacio: lo está haciendo a la velocidad a la que el océano puede absorber un cambio climático global, y todo lo que somos como red de observación marina nace de la urgencia de no perder de vista ese proceso.

Silmar es, desde hace años, una red de estaciones submarinas creada por la Unitat de Medi Ambient i Ecologia de la Fundació Pro Reial Acadèmia Europea de Doctors para hacer una cosa muy concreta: medir, en el mismo punto y con el mismo protocolo, cómo evoluciona la biodiversidad marina, el estado de los hábitats y la presión humana sobre la Mediterránea occidental. Es una tarea aparentemente modesta, casi artesanal, pero es la única manera honesta de saber si los ecosistemas marinos están aguantando o si nos están enviando una señal de alarma que no podemos seguir ignorando.

Lo que nos dijo el mar entre julio y octubre de 2025

Nuestro último informe de actividades, correspondiente a la campaña de julio a octubre de 2025, recoge observaciones que conviene leer despacio. La más dura tiene nombre propio: Eunicella singularis, la gorgonia blanca, una de las especies estructurantes de las comunidades coralígenas del Mediterráneo, ha perdido prácticamente el 95% de su tejido vivo en solo cuatro meses en las estaciones que monitoreamos. Estamos hablando de colonias que tardan décadas en formarse y que en menos de una estación se convierten en esqueletos.

No es un accidente local. Es el efecto acumulado de las olas de calor marinas que el Mediterráneo viene sufriendo con una frecuencia y una intensidad insostenibles, y muy especialmente las registradas en 2015, 2019 y 2022. Cada una de ellas ha dejado mortalidades masivas en especies estructurales del fondo —gorgonias, esponjas, briozoos, organismos que construyen el paisaje submarino— y, con ellas, una merma silenciosa de la capacidad de recuperación del sistema. Cuando se pierde el armazón, también se pierde el refugio, el alimento y la posibilidad de que muchas otras especies sigan estando ahí.

A esto se suma lo que ya no es discutible a escala global: según la actualización de los límites planetarios de 2023, la humanidad había superado seis de los nueve umbrales ambientales críticos —clima, biosfera, agua dulce, flujos de nutrientes, contaminantes y uso del suelo—. En septiembre de 2025 ese número subió a siete cuando se confirmó que la acidificación oceánica entró en zona de riesgo. Esto no es una abstracción: la acidificación afecta directamente la capacidad de muchas especies marinas —corales, moluscos, organismos calcificadores— para construir sus esqueletos y conchas. Es decir, afecta a la propia arquitectura biológica del mar.

Por qué seguimos sumergiéndonos

En este contexto podría parecer que documentar el deterioro es solo levantar acta de un colapso. No lo es. Silmar funciona como un radar marino capaz de detectar señales tempranas de degradación ecológica antes de que esas señales se traduzcan en pérdidas irreversibles. Y eso, hoy, es probablemente el servicio más útil que se puede prestar al litoral mediterráneo.

Nuestras estaciones registran, de manera continua, parámetros como la temperatura superficial del mar, las variaciones de pH, los niveles de oxígeno disuelto y nutrientes, la cobertura de especies indicadoras —desde la propia Eunicella singularis hasta los meros (Epinephelus marginatus) que utilizamos como bioindicadores de la salud de las comunidades rocosas— y la evolución de presiones concretas como la presencia de algas invasoras, los residuos, el fondeo o la sobrefrecuentación turística.

La diferencia entre observar una vez y observar siempre es enorme. Una inmersión puntual te da una fotografía; una serie de inmersiones repetidas en el mismo punto, con el mismo método, durante años, te da una película. Y solo la película permite saber si lo que ves hoy es normal, es preocupante, o es una emergencia. Esa es exactamente la información que necesitan los gestores de áreas marinas, las administraciones y las propias comunidades costeras para tomar decisiones que no lleguen tarde.

Más que ciencia: una red de personas

Aunque hablamos de protocolos, de bioindicadores y de series temporales, Silmar no se sostiene solo con datos: se sostiene con personas. Nuestra red está integrada por buceadores científicos, biólogos marinos y centros de buceo colaboradores que conocen su tramo de costa mejor que ningún manual y que aportan su tiempo, su experiencia y su mirada a cada campaña. Sin esa red distribuida sería imposible cubrir el litoral catalán y balear con la frecuencia y la finura que requieren los seguimientos.

Esta vocación de ciencia compartida nos ha llevado, además, a abrir el modelo a nuevas líneas de trabajo. Una de las más significativas es la participación en CARECOAST-MED, el proyecto liderado a escala estatal por Poseidonada S.L. y la Fundació Ona Futura dentro de la convocatoria europea TASC-RestoreMed (Misión Restaurar nuestros Océanos y Aguas, Horizon Europe). Allí estamos llevando la metodología Silmar más allá de su uso clásico, aplicándola específicamente a la detección y gestión de algas invasoras, a la trazabilidad de la biomasa recuperada y a la evaluación de la restauración pasiva de los hábitats afectados, con una proyección de réplica que apunta hacia Andalucía y Ceuta. No es un cambio de rumbo: es la confirmación de que la metodología Silmar, pensada para observar, también sirve para guiar acciones.

 

 

Convertir la Mediterránea en un laboratorio

Aquí es donde el título de este texto se convierte en algo más que una metáfora. La Mediterránea occidental tiene, hoy, todas las condiciones para funcionar como un laboratorio natural de resiliencia marina: es una cuenca semicerrada, profundamente calentada por el cambio climático, sometida a una presión humana enorme y, a la vez, con un tejido científico y de buceo lo suficientemente denso como para vigilarla en tiempo casi real.

Con un monitoreo consistente, Silmar puede priorizar zonas refugio, evaluar la eficacia de las medidas de protección que ya se aplican y alimentar políticas municipales y regionales alineadas con las actuaciones del Pacto Verde Europeo y de la Misión Ocean. Las series temporales que estamos construyendo permitirán diseñar indicadores operativos, activar protocolos de emergencia cuando una nueva ola de calor amenace una zona crítica, y orientar a las administraciones para que cada euro de inversión pública en protección marina tenga el mayor retorno ecológico posible.

Esto requiere reforzar el puente entre tres mundos que tradicionalmente han hablado idiomas distintos: la ciencia, las comunidades costeras —pescadores, buceadores, hoteles, centros educativos— y las administraciones. Silmar lleva años traduciendo entre ellos. Cada estación es, en realidad, un punto de encuentro donde se cruzan el dato científico, la observación local y la decisión política. Y cada gorgonia que se pierde nos recuerda que ese puente tiene que sostenerse y ampliarse, no debilitarse.

Un mensaje de compromiso, también de esperanza

La conclusión de nuestro último boletín no se queda en el diagnóstico. Sostenemos que es posible frenar el avance de los impactos climáticos sobre el litoral mediterráneo y preservar el capital natural que sostiene la vida y la economía costera, pero solo si la respuesta tiene la misma escala y la misma constancia que la amenaza. Eso significa más estaciones, más colaboración entre científicos y comunidades, más permisos ágiles para intervenir cuando una zona refugio lo necesita, más integración con las políticas europeas y, sobre todo, continuidad en el seguimiento.

En 2024, el proyecto fue reconocido con el Premio Talent en la categoría «Biotech, química y ciencias de la vida», concedido por la Fundación Impulsa Talentum y entregado en marzo en el Wonder Photo Shop de Fujifilm en Barcelona. Lo recibimos como un reconocimiento a la red entera —buceadores, científicos, colaboradores, instituciones— y como un compromiso de seguir profundizando en lo que sabemos hacer: estar bajo el agua, mirar con atención y compartir lo que vemos.

Si crees que la Mediterránea occidental puede ser un laboratorio de resiliencia y no un epitafio anunciado, Silmar es el sitio desde el que se puede sostener esa hipótesis con datos. Cada inmersión, cada estación, cada serie temporal cuenta. Y cada persona que se incorpora a la red —como buceadora, como administración, como comunidad costera, como financiadora— hace que esa hipótesis sea, un poco más, una realidad.